Lapatilla agosto 19 2026, 10:50 amPosteado en: OpiniónCompártelo: Compartir en WhatsApp (Se abre en una ventana nueva) WhatsApp Compartir en Telegram (Se abre en una ventana nueva) Telegram Comparte en Facebook (Se abre en una ventana nueva) Facebook Compartir en X (Se abre en una ventana nueva) X Enviar un enlace a un amigo por correo electrónico (Se abre en una ventana nueva) Correo electrónico Compartir en LinkedIn (Se abre en una ventana nueva) LinkedIn En política, como en toda empresa del ser humano, las tensiones internas no son desorden, sino vitalidad. Un equipo que debate con franqueza y antepone resultados a la uniformidad y linealidad es un equipo vivo. Esa dinámica marcó, entre 2025 y principios de 2026, la política de la Administración Trump hacia Venezuela: una fricción constante entre corrientes con criterios divergentes sobre el régimen chavista. Igualmente, aquí en Venezuela, ningún análisis serio puede omitir un cuarto actor: la resistencia ciudadana, que exige, cuestiona y presiona desde el exilio, las redes y las calles. A partir de estas discrepancias, el pragmatismo transaccional, representado por figuras como JD Vance, Richard Grenell y sectores empresariales cercanos a Trump (como el recientemente apartado Harry Sargeant), impulsaron una estrategia para frenar la migración y neutralizar la influencia de potencias hostiles como China, Irán y Rusia. Para ello, abrieron canales directos que facilitaron la liberación de rehenes, vuelos de deportación y licencias petroleras puntuales, como las de Chevron y otras empresas. Bajo la doctrina America First, evaluaron escenarios de coexistencia con Maduro si garantizaban los intereses de Estados Unidos, justificando medios incómodos como negociar con operadores vinculados al chavismo en pro de la estabilidad energética y el control migratorio. Suscríbete aquí para hacerle seguimiento diario al rescate de Venezuela tras los sismos En contraste directo con esta visión, la rama político-diplomática, lid
Fuente: La Patilla — Ver nota original